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Aquí está la 2da y última parte del reportaje a Peter
Sloterdijk donde el indica que El fascismo de izquierda nunca hizo su duelo
-Con sus tres tomos de
"Esferas" dejó el terreno de la bioética para plantear nada menos que
una morfología general del espacio humano. En esa trilogía retoma la gran
pregunta de Heidegger: ¿adónde estamos cuando decimos que estamos en el mundo?
-Y yo respondo: "En
burbujas, esferas, incubadoras, invernaderos, donde el hombre se construye, se
protege y cambia". La vida humana se autoorganiza siempre creando espacios
protegidos e inmunes, de la célula y su protoplasma a los niños dentro del
útero, pasando por los hombres cuando construyen su intimidad, sus casas, sus
ciudades y sus espacios metafísicos o imaginarios.
-Para usted, el modelo
de la esfera es la isla. El hecho humano se construiría mediante la separación?
-Una isla es, porque está
aislada, y el hecho humano es el resultado de una gran operación de
aislamiento. El proceso que lleva a la realidad humana es el autoencierro de un
grupo humano que transforma a sus miembros como se transforman los monos en
hombres. Ese proceso comienza con una utilización perversa y particular de la
mano del mono, que se metamorfosea en mano humana. Nosotros tocamos de otra
manera, como lo muestra Sartre en "El ser y la nada" cuando habla de
la caricia. La caricia es exactamente el gesto que prueba que la mano humana se
ha vuelto extática. Ya no se contenta con el gesto de tomar algo: la mano se
vuelve la antena del ser.
-¿Y qué es lo que
usted llama "uterotopo"?
-Es otra de las dimensiones de la
isla del hombre. Es necesario comprender que los seres humanos están condenados
a una práctica metafórica que consiste en la necesidad de repetir extraútero la
situación intrauterina. El medio uterino se vuelve el símbolo de la actividad
mundial, debido a que el ser humano depende siempre de un espacio protector
para realizar su naturaleza humana.
-En
"Espumas", el último volumen de su trilogía, usted dice que esas
innumerables esferas humanas se aglomeran hasta formar paquetes de
"espuma" que permiten pensar esa multitud de espacios humanos
cerrados?
-No podía quedarme en el nivel de
las burbujas protectoras del núcleo familiar o de la pequeña horda. Yo
interpreto la metafísica clásica como un sistema inmunitario simbólico que
construía una película trascendente e indestructible en torno del ser humano.
Mientras los mortales vivían bajo ese cielo, era plausible pensar que el cosmos
era la casa de Dios -esa esfera donde el centro está en todas partes y la
circunferencia en ningún sitio- y los hombres, los inquilinos. En
"Espumas" demuestro por qué esa monoesfera metafísica estaba
destinada al fracaso.
-¿Por qué?
-Hay una contradicción que
refleja el dilema formal de la situación actual del mundo: a través de los
mercados y los medios de comunicación globales asistimos a una guerra sin
cuartel entre modos de vida y entre mercancías de la información. Allí donde
todo es centro no puede existir un verdadero centro. Allí donde todo emite, el
supuesto centro emisor se pierde entre los mensajes entremezclados. Vemos
entonces que la era del círculo unitario -el único, el más grande, el que
engloba todo lo demás- ha terminado irrevocablemente. La esfera no es más la
imagen morfológica del mundo poliesférico que habitamos, sino la espuma.
-En todo caso, ese
espacio vital cada vez está más amenazado: el aire que respiramos es
acondicionado, filtrado, purificado. Después de la utilización de gases
mortales, ese aire se ha transformado en un elemento amenazador. El aire y el
medio ambiente forman parte de la estrategia militar y, como el hombre necesita
inmunizarse contra esos peligros?
-...esto acelera la construcción
de esferas protectoras, sean ellas el espacio aéreo, nuestras ciudades
climatizadas o nuestras oficinas y apartamentos. Nuestro mundo occidental
quisiera ser un inmenso palacio de cristal. Algo parecido al Palacio de Cristal
de los británicos, ese invernadero gigante y lujoso construido en Londres en
1850 para la Exposición Universal. Occidente ha reemplazado el mundo de los metafísicos
por un gran espacio interior organizado por el poder adquisitivo. El
capitalismo liberal encarna la voluntad de excluir el mundo exterior, de
retirarse en un interior absoluto, confortable, decorado, suficientemente
grande como para que no nos sintamos encerrados. Creo que ese palacio de
cristal urbano, con sus calles peatonales, sus casas con aire acondicionado, da
una respuesta adecuada a ese deseo. Walter Benjamin ya lo decía en la época de
la Restauración en Francia, cuando hablaba de las galerías comerciales y las
calles comerciales de París. Para él, construyendo esos pasajes, el régimen de
Napoleón III mostró su verdadera naturaleza tratando de transformar el mundo
interior en una especie de fantasmagoría: un gran salón abierto donde uno recibe
el mundo sin estar obligado a salir de su casa. Para él, ése era el fantasma
burgués de base: querer disfrutar de la totalidad de los frutos del mundo sin
tener que salir de su casa.
-En función de ese
objetivo, la globalización de los medios de comunicación ayuda enormemente,
porque uno puede traer el mundo a su casa sin tener que moverse?
-Exactamente.
-Y con el resto, ¿qué
se hace? ¿Qué se hace con la periferia subdesarrollada del mundo?
-Se usa para hacer turismo y practicar la caridad. Para darse
buena conciencia.
-¿Usted habla del
hombre posmoderno?
-Sí. El modernismo fue la época
de la construcción del gran invernadero de cristal. El posmodernismo es la vida
después de su inclusión total en ese gran invernadero. La periferia está allí simplemente
para recordarnos que todo es muy seguro y que es necesario proteger la
estructura a cualquier precio.
-¿El sistema militar
llamado Guerra de las Galaxias, desarrollado por EE.UU., forma parte de ese
gran invernadero?
-Desde luego, porque ellos son
los guardianes de ese gran palacio de cristal, sobre todo de su superficie. Una
superficie que es muy frágil y, al mismo tiempo, muy elástica. Después de los
atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, los norteamericanos se
pusieron a construir otras estructuras más sofisticadas y aún más grandes que
las Torres Gemelas. Lo curioso es que nadie parece extrañar esas torres. Apenas
fueron destruidas, sus funciones pasaron a ser
cumplidas por otras estructuras. La verdadera consecuencia del 11 de
septiembre fue que, desde entonces, los estadounidenses poseen algo muy
precioso: tienen por primera vez un monumento nacional mítico. Algo así como la
Jerusalén de los cristianos en la Edad Media: el sitio donde se encontraba la
tumba de Cristo. Por primera vez, los norteamericanos tienen esa Tierra Santa
en territorio estadounidense. Para hacer una Cruzada, es necesario poseer una
Tierra Santa.
-Usted no sólo es duro
con los norteamericanos; también lo es con los europeos, a quienes acusa de ser
unos cínicos: miran el mundo con sus principios de libertad, igualdad y
fraternidad, pero dicen: es así y no se puede cambiar.
-Sí, el cinismo es una suerte de
pragmatismo aplicado al terreno de la reflexión ética. El cinismo antiguo era
otra cosa, era simplemente un naturalismo, una reclamación de la naturaleza en
tanto que régimen razonable que reglamentaba el movimiento de los astros y los
cuerpos celestes, y que al mismo tiempo podía ser aplicado al comportamiento
humano. Esa suerte de naturalismo indicaba que había que renunciar a las
necesidades creadas por la sociedad y llevar la vida de un perro feliz.
-¿Y usted es un
cínico?
-No, para nada. Yo no creo que se
puedan ignorar las necesidades creadas por la sociedad. Finalmente, Diógenes,
dentro de su barril, no consiguió ignorarlas. La prueba es que él también quiso
entrar en la conversación urbana, transformarse en objeto de la atención
pública gracias a su tonel y a esa marginalidad espectacular. Para él, ésa era
la única forma que tenía un filósofo de hacerse notar en una sociedad donde
todos los buenos puestos ya estaban distribuidos. En nuestros días, se podría
decir que el cinismo es un mecanismo de marketing filosófico y que la invención
de gestos espectaculares es una filosofía à coté de la filosofía hablada; es
una suerte de ampliación de los medios de la comunicación filosófica.
-Volviendo al palacio
de cristal, y como nada es eterno, ¿qué sucederá después del gran invernadero?
-Tendrá fin, porque la dolce vita
en ese gran palacio de cristal está basada en una tecnología que no es
sostenible. Es decir, en las energías fósiles. En la historia de la humanidad,
el fosilismo habrá sido un episodio de apenas unos 300 años. Tenemos energías
fósiles aún por 50, 100 años como máximo. En todo caso, nuestro placer ya no es
el mismo: ha sido prácticamente demolido, porque las energías fósiles son sólo
agradables cuando son baratas, y esa época se terminó para siempre. No volverá
nunca más. Cuando todo se vuelve caro, no hay más confort, porque la
democratización del lujo es imposible. Los regalos de la naturaleza se terminan
allí. Ahora los hombres se preguntan cómo se pueden reemplazar esos regalos. La
verdad es que el hombre detesta el trabajo. Los hombres simulan trabajar, pero
trabajando sueñan con un regalo, con un tesoro que buscan en forma permanente.
El trabajo es sólo una suerte de intermezzo que se acepta en espera del gran
regalo. Ahora, ante el fin de las energías fósiles, el trabajo regresa como una
carga insoportable.
-No podemos quejarnos:
desde mediados del siglo XIX hasta ahora hemos reducido en dos tercios el
tiempo de trabajo.
-Así es. Pero eso se terminó para siempre. El fin de la vida
fácil es irreversible.
-Después de esto, me
parece bastante difícil comprender por qué usted se declara optimista sobre el
futuro del hombre.
-Porque tenemos una buena
posibilidad de administrar ese gran giro hacia una tecnología que será al mismo
tiempo bárata, compatible con las exigencias de la democracia y, sobre todo,
abordable para los países que hoy están en la periferia. Esos pueblos
aprovecharán la situación cuando las nuevas tecnologías solares estén
disponibles a precios razonables. Esos nuevos recursos permitirán una estructura
de civilización completamente diferente.
-¿Se podría decir
entonces que usted es un filósofo pospesimista?
-No se me había ocurrido, pero me parece muy apropiada esa definición.
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