sábado, 10 de diciembre de 2016

El regreso a La Habana sin Fidel, con Fidel

Gloria Muñoz Ramírez/ Desinformémonos

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Fotos: Luis Jorge Gallegos/ Desinformémonos
La Habana, Cuba. “Volver a La Habana es como volver a tu casa después de que despides a alguien importante en tu vida: están las cosas tal cual las dejaste pero ahora con un aire extraño y esperando por ti para que las organices”, dice Paula a su regreso de Santiago, donde fue una dentro de un millón de personas que acudió a la plaza Antonio Maceo y a las calles santiagueras para darle el último adiós a Fidel Castro. Esta isla se paralizó, se quedó sin voz, lloró y después gritó durante una semana para que la gente se diera cuenta de que, efectivamente, “necesitamos que Fidel esté en todos y todas”.
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Poco a poco las 15 provincias cubanas recobran su cotidianidad, aunque algo pesa en el ambiente. Pasaron los nueve días de luto y el trabajo y la escuela se normalizan. De pronto, cuenta Carla, en las redes sociales se dejó de hablar del tema. Del silencio callejero se pasó al silencio feisbuquero, mientras el 7 de diciembre en el cementerio de Colón se celebró la Operación Tributo en honor a los combatientes de Angola.
 
El retorno
 
El camino de regreso a La Habana es de 19 horas para recorrer 900 kilómetros en el heroico autobús del Centro Memorial Martin Luther King Jr., en el que viajan 44 personas de diferentes nacionalidades, en su mayoría cubanos y cubanas. Atrás quedaron las cenizas de Fidel Castro en el panteón Santa Ifigenia, las plazas y carreteras colmadas de gente para despedirlo al grito de “Yo Soy Fidel”. Las lágrimas de los jóvenes y viejos, los cientos de niños vestidos de Fidelito con su traje de campaña verde olivo, la gente cargando sus fotos, los altares dispersos en una plaza en la que en otros momentos lo que pesa es la música y el ron.
 
A bordo del viejo camión blanco adornado con banderas de Cuba y mantas alusivas a Fidel, viaja un joven palestino, otro de Brasil, unos cinco mexicanos, una de Argentina, otra de Estados Unidos, de Guatemala y de Alemania. Paran en Bayamo para comer. Si La Habana y Santiago son ciudades de otro tiempo, aquí el pueblo parece el set de una película de los cuarentas. La gente se mueve en carretas jaladas por caballos y en autobuses de cuando menos hace 80 años. En las calles venden plátanos y calabazas, mandarinas y unas enormes cebollas con rabo traídas en carretillas. El tren parece salido de una película del viejo oeste. Un verdadero milagro sobre rieles.
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El anuncio del presidente Raúl Castro de que por indicaciones de Fidel no habrá plazas ni calles con su nombre, ni monumentos ni estatuas, es “parte de su grandeza”, dice Esther Pérez en una parada del autobús en Cabaiguán. Ese anuncio, dice, “es Fidel puro”. Primero, recuerda, cuando trascendió que decidió ser cremado, “lo que nos estaba diciendo es que no quiere que lo momifiquen ni que lo conserven, que quiere ser ceniza y fundirse con la tierra. No quiere ser un ídolo de piedra. Lo vamos a estar mencionando todo el tiempo, pero no quiere convertirse en un trozo de piedra, en una tarja de pared, porque él no es eso, él es grande hasta el final”.
 
El grupo multicolor que viaja sobre ruedas es una pequeña muestra del internacionalismo cubano, parte vertebral de una Revolución que ha tendido la mano a quien más lo ha necesitado, con todo y sus propias carencias. No da lo que no le sirve ni lo que le sobra, reparte lo que tiene.
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Esther Pérez, trabajadora histórica del Centro dedicada al desarrollo de la educación popular en Cuba, participa todo el tiempo con jóvenes, quienes han sido los grandes protagonistas de estas jornadas de homenajes. A ella, como a todos los cubanos, se les preguntó antes y se les pregunta ahora si Cuba podrá seguir sin Fidel: “Cuando cayó la Unión Soviética y el campo socialista los que apostaban porque Cuba siguiera siendo socialista eran mínimos. Los compañeros cruzaban los dedos para ver cual iba a ser nuestra suerte, y nosotros pudimos. ¿Cómo no vamos a poder ahora?
 
“Yo soy Fidel” es la consigna que surgió de manera espontánea en todas las plazas y en los caminos que despidieron a Fidel. Esther es clara: “ahora tenemos que probarlo y para eso tenemos que ser firmes y ser valientes, resistentes, atrevidos, osados. Tenemos que ponernos duros y decir las cosas que están mal echas, y sin embargo permanecer unidos, porque hay que saber unirse aunque uno tenga discrepancias con el compañero. Hay que saber discutir sin pelearse. Fidel, la Revolución y el pueblo nos han enseñado bien”.
 
La ruta de regreso ya con las cenizas de Fidel reposando en una gran piedra de Santiago es relajada. Jorge Ricardo, fotógrafo cubano de 25 años, viajó al Oriente con su cámara “con la intención de darle a mi familia que no está aquí las imágenes de la despedida”. Llegó, dice, “con el pecho apretado”, pero se va “liberado de ese peso, tranquilo por el homenaje espectacular, con el respeto que se merece nuestro comandante”. En adelante, dice, “se trata de mantener vivo el ejemplo que nos ha dejado Fidel”.
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La guagua se ha portado de maravilla, más si se compara con las veces que ha dejado tirados a los tripulantes en algunos de los tantos viajes que realiza el Martin Luther King, ese centro de vocación cristiana localizado en Marianao en el que conviven las mejores causas. Hasta atrás del autobús se piden canciones. Roselid dice, medio en broma, ¡compañeros, pero cómo pueden cantar si Fidel se ha muerto! Y otro le responde, también medio en broma: “¡compañera, pero si la era está pariendo un corazón! Roselid y Adonis serán los que más canten durante todo el trayecto. Y Lissy y Joana y Carla y Fran y…
 
¡Guantanamera, Fidel, Fidel!, cantan en coro y acomodan la letra para el homenaje. El camión es una micro representación de alguna de las tantas plazas y caminos colmados de gente. Aquí conviven todas las generaciones. Los que pintan canas y los jóvenes que han sido los protagonistas. La tristeza y el silencio conviven con la esperanza. Algo bueno tiene que salir de todo esto, dice uno de los choferes, quien, por cierto, en el viaje de ida y para ganar tiempo, reemplazó a su compañero al volante sin parar el vehículo, al vuelo.
 
De los pulóver con letras de marca al fervor revolucionario
 
De cientos de miles de jóvenes y niños se inundan plazas, calles y carreteras. Vestidos con su uniforme de pioneros de la Revolución, ellas con unas falditas diminutas y apretadas color mostaza, y ellos de pantalón del mismo color, se pintan con bilé en la mejilla el nombre de Fidel y un corazón, como se hace en los partidos de futbol o en los conciertos de rock. Sus códigos son otros. Cargan sus hasta hace poco impensables teléfonos celulares y algunos llevan playeras (pulóvers, les dicen aquí) con leyendas en inglés o de las marcas comerciales.
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Después de horas de discursos en la Plaza de la Revolución de la Habana, y al paso de las aburridas palabras de los representantes sectoriales en la plaza santiaguera Antonio Maceo, los y las muchachas se recuestan en el concreto con algo de irreverencia que es cuestionada por adultos que los regañan y les piden que se levanten. Ellos no hacen caso. Tiene que haber una palabra que los levante. El grito suyo de “Yo Soy Fidel” los entusiasma, ellos lo crearon. El Himno lo cantan con solemnidad. A Raúl Castro lo escuchan en silencio y de pie.
 
Los jóvenes, dice Esther Pérez, “nos están dando una gran lección” en estas jornadas. Ellos y ellas “estaban todos en la plaza con esos mismos pulóveres que ahora visten y brazaletes del 26 de julio, gritando ¡Yo soy Fidel! y con eso nos están diciendo “¡no sean bobos, este pulóver que llevo puesto no soy yo, yo soy lo que llevo dentro”!1
 
Basil, un joven veinteañero de Palestina, tiene una insólita capacidad para dormir en medio del brincoteo que llega apenas se toma la Carretera Central. Su cabeza rebota en el cristal una y otra vez y no consigue despertarlo, ni descalabrarlo. “Es el sueño palestino”, se burla de sí mismo. “Llevo conmigo muchas cosas de Santiago, muchas cosas que me alegran. En la ceremonia sentí que aquí hay gente que dice adiós a su comandante, pero con una revolución que tiene sentido. La plaza me hizo soñar en que un día Palestina también alcanzará una vida libre. La gente en Cuba muestra que podemos soñar y trabajar para nuestros sueños”. El sueño es, en muchos sentidos, su tema.
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Fran García, un cubano de 34 años miembro del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinelo y del proyecto cultura La revuelta, es parte de esta pequeña comuna internacionalista. De Santiago se lleva a La Habana “la imagen honda de los niños llorando, porque el último lugar que se inventa un niño es la muerte, y aquellos pioneros empezaron a llorar y a corear consignas por motuo propio, recordando a Fidel, algo muy intenso”.
 
A Fran le tocó ver a una caballería de campesinos de la Sierra Maestra con la bandera cubana, “cosas que no se pueden olvidar y tienen más fuerza que en la capital, donde el consumismo ha abierto ya una brecha”. La muerte de Fidel, analiza, “es un refuerzo muy fuerte, un dolor muy hondo, que a la vez lo podemos aprovechar como una catapulta para la revolución. Que no se diluya la energía en el llanto”, piensa.
 
El brincoteo del autobús sigue durante toda la madrugada. Se atraviesa así de cabo a rabo Camagüey, la provincia más grande de Cuba. Julián, un joven alemán de 18 años, llegó a la isla a realizar trabajo comunitario. Coincide con los cubanos en que el momento es esperanzador: “Yo me sentí triste por Fidel pero también alegre porque vi al pueblo unido, eso es lo que me llevo a Alemania, que el pueblo está unido por las cosas buenas”. Para los jóvenes, dice, “Fidel representa rebelión y revolución”, así nomás.
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Magda Olivares, santiaguera de nacimiento, directora del Museo Ambiente Histórico Cubano, uno de los más importantes de Cuba, es una de las anfitrionas. Recorre con el grupo los lugares emblemáticos de la Revolución. En la granjita Siboney, lugar que sirvió de cuartel general de los revolucionarios antes del asalto al cuartel Moncada, Magda se conmueve, pues “se avivan los sentimientos de la heroicidad de nuestro pueblo”. Por la mañana fue el último adiós al Comandante y, como el resto, siente el orgullo de tenerlo cerca.
 
¿Qué que iba a pasar con Cuba cuando Fidel falleciera?, se repite la pregunta. “Pues ya lo están viendo”. El “Yo soy Fidel” que se grita en las plazas “tiene que ver con la continuidad de la lucha, de su pensamiento, con la defensa de las conquistas que hemos tenido”. Sí, dice, “despareció el líder más grande de todo el siglo XX, pero está presente. Lo que sigue es defender las conquistas de la mujer, los derechos de los niños, defender la música y la cultura, el orgullo de algo que él nos enseñó”.
 
Los pasajeros portan el brazalete rojinegro con las siglas del Movimiento 26 de Julio que Marilin, otra de las grandes anfitrionas santiagueras, saca de una bolsa y los reparte. El grupo se maravilla y unos a otros se los amarran en el brazo. No es sólo portarlo, dicen, sino ser dignos de él.
 
En los casi 900 kilómetros de regreso la vida va retomando su curso. Aún no hay el bullicio acostumbrado, pero la gente tiene que salir a trabajar y a estudiar. Las banderas y las fotos de Fidel cubren el paisaje, Pequeños altares en casas y restaurantes siguen con las velas encendidas.
 
Se retoman las responsabilidades de la vida cotidiana y el ruido en las calles va ganando espacio. Ahora, dice la joven Paola “hay que hacer real ese concepto de Revolución que durante 48 horas afirmamos continuar. Organizar todo sabiendo que lo que vendrá en un buen tiempo estará, por suerte, dedicado o girando alrededor de Fidel”.
 
Para Esther lo más significativo del discurso de Raúl Castro en Santiago, pronunciado con la voz quebrada, es la reafirmación de que “Cuba va a seguir siendo socialista y no se van a hacer concesiones de principios”. Pueden pasar otros 18 presidentes de Estados Unidos, afirma, “y decir lo que les venga en gana, porque nosotros vamos a seguir siendo lo que somos”, es decir, “una pequeñita nación soberana e independiente, y eso quiere decir, socialista”.
 
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