sábado, 26 de noviembre de 2016

Con Fidel se extingue la voz indomable de Nuestra América

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Por: Carlos Bauer
El 1 de enero de 1959, las tropas de la Revolución Cubana entraron en La Habana y el nombre de Fidel Castro en la inmortalidad. El triunfo de la Revolución sobre la dictadura de Fulgencio Batista supuso la independencia de la isla y el fin del dominio colonial que Estados Unidos ejerció sobre Cuba tras arrebatársela a España. El ejemplo cundió en América Latina, y eso es lo que el Imperio nunca ha podido perdonarle.
Bestia negra para las derechas que han regido los destinos del mundo durante el último medio siglo, Fidel fue siempre un objetivo difícil para los críticos interesados: más culto que cualquier mandatario occidental, absolutamente ajeno a los fastos en que ahogan su sed de poder los tiranuelos impuestos desde Washington, carente de escándalos o excesos personales, respetado por el pueblo cubano hasta el final, los medios llevan décadas lapidándolo por el único crimen de no instaurar en la isla un sistema de partidos como los que hacen que en el “mundo libre” gobiernen siempre los mismos intereses mediante la cada vez menos sutil estrategia de alternar las caras.
En la historia de la revolución jamás se ha torturado a un prisionero. No ha habido un solo desaparecido. No ha habido una sola ejecución extrajudicial. Hemos fundado una democracia propia, imperfecta, sí, pero mucho más participativa y legítima que la que nos pretenden imponer. – Pronunciamiento de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la Asociación Hermanos Saíz (AHS). 
Cinco decenios han pasado del ilegal bloqueo impuesto unilateralmente por Estados Unidos para doblegar a Cuba y obligarla a adoptar el régimen político que Washington disponga. Condenado año tras año por la Asamblea General de las Naciones Unidas, el bloqueo se mantiene pese a su ineficacia y sus efectos genocidas sobre el pueblo cubano, que no se ha dejado doblegar porque, como dijo Fidel el 16 de octubre de 1953, “cuando los pueblos alcanzan las conquistas que han estado anhelando durante varias generaciones, no hay fuerza en el mundo capaz de arrebatárselas”.

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Este raro dictador, de quien no hay una sola estatua en Cuba, me censuraría por atribuirle tal peso en el proceso que llevó a la entrada triunfante del ejército revolucionario en La Habana y Santiago de Cuba aquel 1 de enero de 1959. Me recordaría las condiciones que precipitaron la caída de Batista, y se colocaría en la dimensión de la clase media cubana de mediados de siglo, entre la que cundía un descontento muy nacionalista y pequeñoburgués hacia el protectorado de facto de los Estados Unidos.
José Martí es su autor de cabecera y ha tenido el talento de incorporar su ideario al torrente sanguíneo de una revolución marxista. La esencia de su propio pensamiento podría estar en la certidumbre de que hacer trabajo de masas es fundamentalmente ocuparse de los individuos. – Gabriel García Márquez
Me hablaría también del Movimiento 26 de Julio, que llevó a cabo la tarea de organizar a obreros y campesinos para unirse contra el enemigo común de la dictadura teledirigida.  Y, por supuesto, me recordaría que él no fue sino el continuador de la gesta de José Martí, Maestro y Apóstol de la nación cubana, a quien consideró como autor intelectual del ataque al cuartel Moncada con que inició la Revolución. Fidel me habría recordado, como dijo en el año ’53 y como seguiría diciendo toda su vida, “Traigo en el corazón las doctrinas del Maestro y en el pensamiento las nobles ideas de todos los hombres que han defendido la libertad de los pueblos”.

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El 27 de agosto de 2013, en la última de sus Reflexiones, Fidel Castro habló sobre las amenazas de Estados Unidos contra Siria y el peligro de una guerra en Medio Oriente si se insistía en invadir un país decidido a resistir hasta el final; sobre los riesgos del calentamiento global y la acelerada evolución tecnológica, y de las versiones que por entonces propagaron los medios globales sobre la supuesta negativa de Cuba a dar asilo político a Edward Snowden.
Titulando esa reflexión “La mentira tarifada” en referencia a la versión de que el gobierno cubano habría cedido a presiones estadounidenses para rechazar la solicitud de asilo político de Snowden, Fidel declaró su admiración por “lo valiente y justo de las declaraciones de Snowden, con lo que a mi juicio prestó un servicio al mundo al revelar la política repugnantemente deshonesta del poderoso imperio que miente y engaña al mundo”.
Los revolucionarios han de proclamar sus ideas valientemente, definir sus principios y expresar sus intenciones para que nadie se engañe, ni amigos ni enemigos. – Fidel Castro.
Con esa honda preocupación que sintió hasta su último instante por los peligros que acechan al mundo, Fidel refrendó en cada uno de sus actos la razón por la que Cuba se convirtió en faro de todos aquellos que lucharon por la verdadera emancipación de América Latina, siendo siempre profundamente consciente de la necesidad de mantener la congruencia dentro de una Revolución que fue, para pesar de muchos, el evento que marcó y definió el siglo XX latinoamericano.
 Ningún acontecimiento, anterior o posterior, sigue reverberando en el pensamiento y las luchas de América Latina como lo hace la Revolución Cubana. Ningún hombre o mujer latinoamericano de los últimos cien años alcanzó la estatura histórica de Fidel. Con sus errores y defectos. Hasta siempre, Comandante.
Fidel

Sus enemigos dicen que fue rey sin corona y que confundía la unidad con la unanimidad.
Y en eso sus enemigos tienen razón.
Sus enemigos dicen que si Napoleón hubiera tenido un diario como el «Granma», ningún francés se habría enterado del desastre de Waterloo.
Y en eso sus enemigos tienen razón.
Sus enemigos dicen que ejerció el poder hablando mucho y escuchando poco, porque estaba más acostumbrado a los ecos que a las voces.
Y en eso sus enemigos tienen razón.
Pero sus enemigos no dicen que no fue por posar para la Historia que puso el pecho a las balas cuando vino la invasión, que enfrentó a los huracanes de igual a igual, de huracán a huracán, que sobrevivió a seiscientos treinta y siete atentados, que su contagiosa energía fue decisiva para convertir una colonia en patria y que no fue por hechizo de Mandinga ni por milagro de Dios que esa nueva patria pudo sobrevivir a diez presidentes de los Estados Unidos, que tenían puesta la servilleta para almorzarla con cuchillo y tenedor.
Y sus enemigos no dicen que Cuba es un raro país que no compite en la Copa Mundial del Felpudo.
Y no dicen que esta revolución, crecida en el castigo, es lo que pudo ser y no lo que quiso ser. Ni dicen que en gran medida el muro entre el deseo y la realidad fue haciéndose más alto y más ancho gracias al bloqueo imperial, que ahogó el desarrollo de una democracia a la cubana, obligó a la militarización de la sociedad y otorgó a la burocracia, que para cada solución tiene un problema, las coartadas que necesita para justificarse y perpetuarse.
Y no dicen que a pesar de todos los pesares, a pesar de las agresiones de afuera y de las arbitrariedades de adentro, esta isla sufrida pero porfiadamente alegre ha generado la sociedad latinoamericana menos injusta.
Y sus enemigos no dicen que esa hazaña fue obra del sacrificio de su pueblo, pero también fue obra de la tozuda voluntad y el anticuado sentido del honor de este caballero que siempre se batió por los perdedores, como aquel famoso colega suyo de los campos de Castilla.
Extracto del libro de Eduardo Galeano Espejos (una historia casi universal)
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