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Prólogo:
Este texto del brillante
periodista Horacio Verbitsky, La noche más oscura, su homonimia
con el reciente filme sobre los sucesos que condujeron al fusilamiento sin
juicio previo o con un juicio ya previamente dictado, de Osama Bin Laden. El
filme Zero Dark Thirty ( directora Kathryn Bigelow) es digno de
verse, no se trata de propaganda oficial o una versión más del mito de la
caída, en particular, del fusilamiento del líder fundamentalista, al contrario
el filme muestra algo muy claro: no hay peores oídos y ojos que aquellos que no
quieren ver lo que está ocurriendo, a él y a otros.
El filme muestra cómo una forma
de hacer política ya no tiene razón para sostenerse; forma de hacer política sostén
de eso que se llama partidos políticos o movimientos de regeneración. ¿De qué
se trata? Se trata de que una de las razones que sostenía la política hasta el 11/09 ha muerto y lanza una pregunta: Si Dios ha muerto –no es lo mismo que decir “Dios
no existe”-si ya ocurrió esa muerte, los políticos ya no tienen razón de ser,
entonces ¿Cómo pasar a otra cosa?. Además, el sistema capitalista se tomó en serio esa constatación y práctica
una respuesta. La política estaba organizada por una trinidad teológica: Ejecutivo-Legislativo-Judicial,
versión laica de Dios-Espíritu Santo-Hijo. Esa pregunta no es ¿Existe Dios o o
existe?, una pregunta formulada por Pascal y su famosa apuesta. Gracias a
Gilles Deleuze se puede tomar la frase de Nietszche “¡Dios ha muerto!”, decir
eso no es afirmar que existe o que no existe. A partir de allí surge una pregunta
que nos concierne: no hay razón para que el hombre y la mujer construidos por
ese Dios sigan existiendo, en consecuencia, se trata de pasar a otra forma de
mujeres, hombres, de mujeres color de hombres, de hombres color de mujeres, es
la apertura del todo de la diversidad.
El texto de Horacio Verbitsky, La
noche más obscura, informa con datos duros respecto de una ficción cuyo
tejido organiza la “realidad” y por eso tiene efectos subjetivos, económicos,
éticos y varios más
La noche más oscura, por Horacio
Verbitsky
Al abandonar la presidencia en
enero de 1961, Dwight Eisenhower advirtió a los estadounidenses sobre el riesgo
de la expansión del complejo militar-industrial para sus libertades. Aquella
admonición del general victorioso en la Segunda Guerra Mundial ha caído en el
vacío. Como desarrolla el periodista Nick Turse en el libro The Complex. How
the Military invades our everyday lives, hoy existe un nuevo complejo
corporativo omnipresente, un sistema de sistemas oculto con habilidad. “Ese
complejo militar-industrial-tecnológico-de entretenimiento-académico-científico
-mediático-de Inteligencia, vigilancia y seguridad nacional, se ha apoderado de
Estados Unidos.” La misma firma que con financiamiento del Pentágono produce
los robots tácticos con armas pesadas que las tropas utilizaron en la ocupación
de Irak y Afganistán fabrica unas simpáticas aspiradoras domésticas. Como dijo
con candor el príncipe británico Harry, su placer por los videojuegos en la
PlayStation y la Xbox le dieron una gran destreza en el manejo de los sistemas
de armas de los helicópteros con que mató a muchos talibanes en Afganistán.
Esto no ocurre por casualidad y el Pentágono lleva un registro de los
adolescentes más hábiles con el joystick para reclutarlos cuando sean mayores.
La similitud de manejo del video juego y las armas letales es deliberada y lo
mismo ocurre con el diseño de los uniformes. Esos juegos son creados por
especialistas militares, que reproducen episodios reales como el asesinato de
los hijos de Saddam Hussein, y sirven para preparar a los futuros soldados. Uno
de los creadores del famoso video juego “Marine Doom”, David Bartlett, fue
director de Modelado y Simulación del Pentágono, que es la oficina principal de
entrenamiento por computadora. “La tecnología de los juegos facilitó una
revolución en el arte de la guerra”, le dijo en 2006 al Washington Post. En el
mismo artículo un veterano de Irak dijo que los video juegos le permitieron
descargar su ametralladora calibre .50 contra un enemigo humano. “Sentía que
era un video juego. Ni siquiera me perturbó. Disparaba por instinto natural.
Bum, bum, bum. Ni siquiera parecía real, pero era real.” Y el teniente coronel
Scott Sutton, director de la División Tecnológica en la base naval de Quantico,
agregó que es probable que los soldados de esta generación tengan menos
inhibiciones para apuntar sus armas contra alguien. “Esto nos da una mejor base
para trabajar”, dice. La penetración en la industria del entretenimiento es
anterior al discurso de Eisenhower. En 1915, a comienzos de la Primera Guerra
Mundial, el Ministro de Guerra John Weeks suministró mil soldados de caballería
y una banda al pionero del cine mudo D. W. Griffith para su película épica El
nacimiento de una Nación y un submarino, una cañonera y el uso de la base naval
de San Diego para Un pirata submarino, dirigida ese mismo año por Syd Chaplin,
el hermano de Carlitos. Este cuidado por la imagen militar no decayó en la
década efervescente de 1930 y se acentuó con la nueva conflagración mundial.
Aun en las deliciosas comedias musicales de Fred Astaire rara vez faltaba
alguna de las tres Fuerzas Armadas en un rol prominente: la Marina en Follow
the Fleet, de 1936, donde el grillo ingrávido dirige con uniforme de marinero
una clase colectiva de danza para sus camaradas en la cubierta de un
destructor; la Fuerza Aérea en La historia de Irene Castle, de 1939, y en The
Sky is the limit, de 1943, en las que tripula un avión de la Primera y otro de
la Segunda Guerra Mundial; el Ejército en You’ll never get rich, de 1941. Allí
baila con la incomparable Rita Hayworth dentro de una base militar, donde
transcurre media película. Excepción luminosa y al mismo tiempo sombría es Gold
diggers of 1933, donde el asombroso coreógrafo y director Busby Berkeley monta
Mi hombre olvidado, un largo número de canto y baile de masas en que los
soldados mutilados en la Gran Guerra pasan a ser los marginales sin empleo de
la Gran Depresión, con la estética y la amargura de los cuadros de Otto Dix y
George Grosz en la Alemania de Weimar. También en 1941, Gary Cooper apareció en
El sargento York. John Huston, Frank Sinatra, Humphrey Bogart participaron en
varias películas de propaganda y la visita al frente de músicos actores y
deportistas constituyó un ritual que sólo cuestionó Muhammad Ali, quien afrontó
la persecución más vil por negarse a agredir a un pueblo que, como dijo del
vietnamita, no les había hecho nada a los negros estadounidenses. El reverso
fue John Wayne, que en 1968 filmó los Boinas Verde, una apología de los
comandos, para la que el gobierno aportó un millón de dólares de entonces. El
estreno mundial de Pearl Harbor, en 2001, se realizó en la cubierta de un
portaaviones nuclear. En 2007, uno de los productores de la muy exitosa
Transformers, Ian Bryce, dijo que la película hubiera sido muy distinta sin el
soberbio apoyo militar. “Una vez conseguida la aprobación del Pentágono, todos
ganan. Nosotros queremos cooperar con el Pentágono para mostrarlos bajo la luz
más positiva, y ellos quieren darnos todos los recursos para que podamos hacerlo.”
Esto incluye el acceso a miles de millones de dólares en tanques,
cazabombarderos, submarinos nucleares y portaaviones. Nick Turse destaca que
mientras el complejo militar-industrial denunciado por Eisenhower era gris
oliva, el nuevo Complejo está arraigado en la cultura pop, lo que le permite
“sumergir a los jóvenes en un seductor mundo militarizado de diversión”. Por
eso, no vale la pena perder tiempo en discutir por qué Kathryn Bigelow incluyó
una escena de tortura en La noche más oscura, sobre la cacería y asesinato de
Osama bin Laden. El Complejo invita al mundo a cruzar esa línea sin retorno y
aceptar lo inaceptable con gesto distraído. La película fue producida por la
trasnacional Sony, del mismo grupo que fabrica la PlayStation, para que matar
sea un juego de niños y los jóvenes se conviertan en asesinos con placer.
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